Tu nieto es un sinvergüenza


Dicen que la excusa es la armadura más fiel de los cobardes, después de haber atacado por la espalda. La madre que los parió… es que estoy totalmente de acuerdo. No niego que yo la haya usado alguna vez para intentar evitar las consecuencias de una mala acción, yo… y todos vosotros también, pero de todo se aprende. Llega un momento en la vida en que, lejos de la frivolidad, hay ciertas cosas que pasan a importarte un jodido pepino. ¿Por ejemplo? Bueno, pues hay muchas cosas… pero entre otras y destacando en primerísimo lugar: La mentira.

La mentira desde fuera es algo deprorable, penoso e incluso lamentable. Es una pena, porque ahora te das cuenta de que destruye amistades, parejas y matrimonios… ¡Joder! Y si rompe todo eso, ¿para qué se usa? Pues básicamente sirve para crear amistades irreales, fortalece el punto de vista del aparentar y te convierte en el comercial del jodido diablo, porque mientras más la usas… a largo plazo más arde tu triste imagen.

Algunos Community Managers la usan para algunas empresas, y como en la vida real, empiezas a crear una bola de mierda que se acaba viendo a la legua y saliendo por tus ventanas… eso acaba oliendo, y ¡zasca! Te ves más solo que Charlie Sheen, y tu empresa acaba como el Windsor.

Todos, insisto, t-o-d-o-s hemos mentido más de mil veces. Todos nos hemos excusado. ¡Claro que sí! Mira, acuérdate cuando eras pequeño… ¿Te acuerdas de tu primera confesión? ¡Yo tampoco! pero me jugaría el cuello a que dije: “Hola Señor, soy un mentiroso compulsivo, me he pegado con mi hermano, he dicho palabrotas y no he recogido mi habitación”. Sí, por este orden. La mentira estaba ahí porque es una cosa que está mal, lo sabíamos. Esto demuestra que cuando somos unos simples mocos, somos capaces de ver la realidad mucho mejor de lo que la vemos adulta… ¿La razón? Pues no sé, supongo que tanta TV nos está volviendo gilipollas profundos, o demasiado listos, tan, tan listos… que decimos que “no siempre es malo mentir”.

Ahora… ahora es cuando te estás imaginando aquella pufa que metiste cuando vivías tu más bella infancia. Vale, joder, ¡vale! Yo debía ser un mentiroso compulsivo, lo reconozco. …Abuela, ¡Sí!¡fui yo el que rompió tu bonita maceta y no el perro! El perro era incapaz de mover una pelota, ¿cómo crees que tiraría todo el macetero? ¿Pues que querías que hiciera? Me empecé a motivar después de ver un capítulo de Oliver y Benji y, sintiéndome con la fuerza infernal del gitano de Marc Lenders, golpeé aquél balón como si tuviera un hijo en la cárcel. ¡FOOOOM!..¡Crassssh!

No sé si acordáis de cuando rompisteis vuestro primer plato, vuestro primer jarrón… jaja, buenas risas te pegarías viéndote si eso estuviera grabado en algún lugar. Es divertido recordar que probablemente en el momento crucial de la caída del jarrón, abriste mucho los ojos y simultáneamente intentaste que no cayera, acercaste tus manos, pero al ver que era inevitable te alejaste vilmente… cerrando los ojos y tapándote los oídos como si eso aún te pudiera salvar. ¿Salvar? Vaya… salvar de la torta que te ibas a llevar 10 segundos antes de escuchar tu castigo.¡Zas!

Y a la cama más caliente que ____________________ (acaba esta frase si quieres, porque gracias a ZP ya no puedo acabarla con “…que el cenicero de un bingo”)

Hay veces que fue injusto porque no nos pillaron y salimos tan panchos, otras fue justo porque nos llevamos una merecida reprimenda. Aún recuerdo que de pequeño era un tanto travieso. Reconozco ahora que  muchas tardes salía con mi hermano pequeño al balcón para cuidarlo.

Pasaban los minutos, y como cuidar a mi hermano era realmente aburrido, me dedicaba a escupir a los pobres viandantes. Me pareció divertido hasta que me asustaron los alaridos groseros que el portero me gritó desde la otra acera… (Mi portero, gordo y calvo, me infundía un terror enorme, pensaba que él era el hombre del saco con el que mi abuela me acojonaba cuando estaba cabreada conmigo)

“¡Eh! ¡Niñato! Te vas a enterar…!”

Hábilmente, utilicé mi dedo para inculpar a mi hermano pequeño. Puse cara de “es un rebelde y no he llegado a tiempo”. Sin embargo, pensé que mi plan iba a ser descubierto cuando miré al enano y vi que estaba asomado saludándolo efusivamente con una sonrisa de oreja a oreja.

Menos mal que al portero se le enterneció el corazón y, no sé si porque se lo creyó o por simple clemencia, decidió no arrancarme la cabeza de cuajo. Un alivio. Temía acabar de primer plato en la casa de los hombres del saco.

En realidad, dicen que una persona suele mentir una media de 3 veces en una conversación de 10 minutos. Joder, desde que sé esto no paro de rayarme cada vez que hablo con alguien…

– Jaja, ¿sí? ¡Qué way tiene que estar eso!

– Siii, mira, yo tengo un amigo que…

– (…Ahí me va a colar la primera el cabrón)

Y es que la mentira tiene tantos matices como personas habitan en el planeta, ¿por qué? Pues porque todos la usan. Dicen que las mentiras piadosas no son malas, y recuerdo que me lo dijo un adulto cuando yo era un enano, después de una conversación veraniega de mayores de la que estaba muy pendiente. Batido de fresa en mano, no había frase que no analizara mi pequeña mente infantil… No fue así exactamente, pero no dista demasiado de esta. Empecé a escuchar:

– … Pues al final resulta que de la bomba que llevaba se cayó al barranco, y después de dormir la mona, ¡se lo encontraron rodeao de zorras! Ja,ja,ja…

– Vicente, ¿tienes amigos que hacen bombas?

– No, Alvarito

– Pero Vicente, debía ser una bomba muy grande para que del peso se cayera al barranco, ¿no?

– Alvarito, no me refiero a ese tipo de bombas, vete a jugar con tus amigos

– ¿No es de las que explotan?

–  No, suelen explotar los domingos nada más levantarte, pero tú no tienes que saber de eso que eres muy pequeño (risas de los mayores)

– ¿Tu amigo era soldado?

– No

– ¿Tu amigo el soldado trabaja en el zoo?

– No

– ¿Y canta nanas?

– ¡No! ¿Por qué?

– Porque como duerme monas…¿Cómo son las monas?

– Peludas. Vete de aquí.

– ¿Y las zorras no le mordieron?

– ¡Niño que te vayas a tomar por c…! (Y más risas de los presentes)

No entendía nada, la verdad. Ahora pienso que menos mal que no me explicó lo que todo aquello significaba… ¡menos mal que me mintió el bueno de Vicente! Pude continuar con mi aprecia y atareada infancia…

Pude seguir puteando al portero, rompiendo macetas, enemistándome con perros, preparándole mantecados a los Reyes y leche a los camellos, diciendo que de mayor no me iba a casar porque no me gustaban las niñas, comiendo del azucarero a cucharadas, llamando a casas de desconocidos para preguntar por Epi y Blas, asustando al gato para ver cómo se le hinchaba la cola y escuchando las mentiras que mi abuela le contaba a sus amigas: “Pues mi nieto un cielo”.

La madre que me parió abuela, ¡no seas mentirosa!

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5 comentarios

  1. Jajajajaja, q ganas de q volvieras a escribir!
    Unas buenas risas con algo d fondo para darse cuenta d lo q aunq sabemos no nos percatamos.. Muy wayyy pollo y muy bueno aunq no me deje darle a las estrellitas alopou Lol

  2. Cuanto tiempo sin leer algo tuyo, ya se echaba de menos =) jejeje que recuerdos trae este post de nuestra infancia jajaja y lo de las abuelas anda que no es verdad. +1 Me gusta.

    P.D. pasadlo bien este finde en Madrid, me acordare de vosotros =)

  3. […] buenas personas son sinceras, brutalmente sinceras. Para ellas no existen las mentirijillas, ni piensan que es mejor decir una mentira sin importancia […]

  4. […] y el por qué hacemos las cosas. Al final las mentiras, como también escribía otro amigo en su blog, tienen las patas muy cortas y o bien podemos acabar esquizofrénicos o bien podemos ser cazados a la […]

  5. No sé si te refieres a esto pollo… jujuj

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